ISSN 2684-0596

Artículos Científicos

Ecos de Córdoba: La Reforma Universitaria en Perú

ECHOES OF CÓRDOBA: THE UNIVERSITY REFORM IN PERU

Natanael Josué Hierrezuelo y Pablo Andrés Valinotti

Facultad de Filosofía, Humanidades y Artes

Universidad Nacional de San Juan

La Revista de Divulgación Científica de ADICUS

INTRODUCCIÓN

 

El presente trabajo tiene como principal propósito abordar, a partir de una investigación bibliográfica, la trascendencia que provocó el fenómeno del proceso reformista vivido a principios del siglo XX en los países latinoamericanos, utilizando como punto de partida e influencia, la Reforma Universitaria de 1918 acaecida en la provincia argentina de Córdoba; sus principales causas y su repercusión, haciendo énfasis en su impacto en el país andino del Perú.

 

ABSTRACT

 

The main purpose of this work is to address, based on a bibliographic research, the significance that the phenomenon of the reformist process experienced at the beginning of the 20th century in Latin American countries caused, using as a starting point and influence, the University Reform of 1918 that occurred in the Argentine province of Córdoba; its main causes and its repercussion, emphasizing its impact on the Andean country of Peru.
 

PALABRAS CLAVES: Reforma Universitaria, Perú, juventud, universidad
KEY WORDS: University Reform, Peru, youth, university

 

METODOLOGÍA


El trabajo aplica el método histórico. El mismo se compone de diversas etapas. En la primera denominada “Heurística”, se identifica el material más relevante que será usado como fuente de información, primaria o secundaria dependiendo de la importancia de este. Sigue la etapa “Critica”, en donde se evalúan las fuentes, lo que permitirá determinar su autenticidad, integridad, credibilidad y contexto. Y finalmente, la etapa de “síntesis y exposición”, en la cual una vez analizada toda la información se procede a arrojar las conclusiones del estudio.

 

Para la búsqueda de fuentes, se realizó un relevamiento de material bibliográfico específico y general, que se haya comprendido en libros y publicaciones científicas. Así mismo, consideramos fundamentales los aportes de Juan Carlos Portantiero en “Estudiantes y política en América Latina. El proceso de la Reforma Universitaria (1918-1938)”, y Pablo Buchbinder en “¿Revolución en los claustros? La reforma Universitaria de 1918”, entre otros.  

 

Desarrollo
 

El contexto del proceso
 

Para comenzar con el presente trabajo, es propicio dejar en claro que las universidades en Hispanoamérica, fueron y son, el resultado de las formas de estado y de cultura predominante. De manera que a finales del siglo XIX, las Universidades latinoamericanas continuaban siendo un fiel reflejo de las estructuras sociales que las guerras por las independencias no lograron modificar. En palabras del escritor Carlos Tünnermann, éstas “seguían siendo los “virreinatos del espíritu” y conservaban, en esencia, su carácter de academias señoriales” (2008, p. 39). Por consiguiente, universidad y sociedad no se contradecían en sus formas, ya que durante los siglos coloniales y, en la primera centuria de las Repúblicas, la Universidad no solo fue cumpliendo los intereses de aquellas clases dominantes que detentaban el poder político y económico, sino que también, como sostienen Martínez Larrechea y Chiancone, lo hacía en “función de un modelo de inserción internacional de los países y regiones de implantación” (2018, p. 54).


Sin embargo, a comienzos del siglo XX comenzó a resquebrajarse la hegemonía social de los sectores que hasta ese momento habían monopolizado el poder político-económico. Con esta situación, vendrá consigo un crecimiento demográfico que se encontrará plasmado en diversos países de la América Latina, como consecuencia directa de la inmigración proveniente –principalmente– de Europa. A ello, se le debe sumar los importantes contingentes poblacionales que comenzaron a emigrar desde las zonas rurales o periféricas, hacia los centros urbanos, en búsqueda de más oportunidades de desarrollo. Como resultado, la matriz demográfica y social de las ciudades, se vieron rápidamente modificadas. No obstante, el mencionado crecimiento no se verá reflejado en un mayor acceso por parte de las nuevas e incipientes clases medias a los sectores de poder, y mucho menos, de las clases obreras y/o campesinas.

 

A causa de estas nuevas clases medias y también a los nuevos movimientos políticos, se necesitaba ajustar el aparato cultural y productivo a las nuevas necesidades demográficas del periodo. “Este nuevo estado reclamaba la circulación de las elites y la transformación de las instituciones culturales que las producían” (Buchbinder, 2008, p. 20).
Será la presión ejercida por esos mismos sectores lo que llevará a la ruptura de ese viejo orden que se oponía a los cambios que conllevaban las nuevas situaciones socio-culturales de estos países. Un sector fundamental para mantener la legitimada de ese viejo orden, serán los claustros universitarios, que continuarán siendo durante las primeras décadas del siglo XX, un lujo para pocos. 


Concretamente, la Reforma Universitaria del año 1918 de Córdoba, simboliza de algún modo las características antes reseñadas. 

 

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“Representó, por una parte, un intento de eliminar el paradigma reinante, el de la universidad tradicional, que, en algunos casos, arrastraba remanencias coloniales o decimonónicas, y que había desembocado en una concepción patrimonialista de las cátedras, ajena al mérito y poco o nada conectada con las necesidades sociales del contexto. Erradicar esas estructuras, fue un objetivo explícito y una consecuencia tangible del proceso reformista americano”. (Buchbinder, 2008, p. 32).
 

La situación de Perú previa a la Reforma


La revolución estudiantil producida en Córdoba se extendió no solo a todas las universidades argentinas, sino que se propagó a lo largo y ancho de la América Latina. Tal es así, que uno de los casos más emblemáticos es el fecundo movimiento estudiantil peruano del año 1919, que tendrá como escenario principal, la tradicional y prestigiosa Universidad Mayor de San Marcos de Lima. 


Al igual que la Universidad Nacional de Córdoba, la de San Marcos poseía el prestigio de ser una de las instituciones madres de la educación en la América Hispánica. Incluso, la diferenciaba de las demás, el hecho de ser la primera en haber sido fundada por la Real Cédula española del 12 de mayo de 1551, lo que le permitía –y aun lo hace- ostentar el título de ser la “Decana de América”. 


Desde comienzos del nuevo siglo, ya se venían manifestando disconformidades por parte de los estudiantes. Prueba de esto son los movimientos, reformistas primeros y revolucionarios después, del nacimiento del Centro Universitario de Lima por el año de 1907. Si bien en un primer momento funcionó como centro de galantes fiestas, torneos oratorios, concursos literarios e intrigas de política, aportó en gran medida al desarrollo de la solidaridad estudiantil, que tan importantes resultarían para los años venideros. Dicho Centro, propició también conferencias sobre temas diversos, de las cuales merece recordarse la de Carlos Enrique Paz Soldáni sobre la reforma de los estudios médicos. A partir de 1916, se funda la Federación de Estudiantes del Perú (FEP), que será presidida por Fortunato Quesado y a partir de 1919 por el líder estudiantil Víctor Raúl Haya de la Torre.  


Sin embargo, a pesar de representar un cambio para la vida de la mayoría de los estudiantes universitarios, terminaban siendo modificaciones muy superficiales, ya que las estructuras universitarias seguían representando un orden conservador en donde los docentes estaban muy lejos de manifestarse a favor de algún cambio profundo. 

 

“Se trata de un período de pleno dominio oligárquico, aunque ya no correspondiese totalmente a la oligarquía terrateniente, sino cada vez más a la de tipo financiero-comercial, un claro ejemplo fueron las presidencias de José Pardo y Barreda (1904-1908) y Augusto Leguía (1908-1912)” (Fermandois, 1991, p. 117).
 

En esta etapa, se desarrollan varios sucesos relevantes, por ejemplo, la primera huelga estudiantil peruana llevada a cabo por la juventud universitaria de la legendaria ciudad del Cuzco, en el año 1909. Otro suceso a resaltar, corresponde al bochornoso episodio de la escuela de obstetricia en el año 1917, en el cual las alumnas se insurreccionaron contra un grupo de profesores. 


Este suceso convulsionó al claustro de San Marcos, y aunque por ese entonces, existía ya la Federación de Estudiantes, el respaldo estudiantil no tuvo la fuerza suficiente para acompañar a las alumnas de obstetricia, de modo que el movimiento fracasó y fueron expulsadas de la Universidad las líderes de la revuelta.


A pesar de que este movimiento pre-reformista resultó en un fracaso, dejó una marca en los estudiantes, que desde ese momento comenzaron a verse a sí mismos como participantes activos de la sociedad y ya no sólo como meros espectadores con una actitud pasiva. 


Tal es así, que el año 1918, encuentra a la juventud con una firme inquietud de renovación, no tan sólo en lo relativo a las universidades, sino también, a las cuestiones nacionales, ya que, como expresa Luis Alberto Sánchez “quien pretenda reducir la Reforma Universitaria al mero ámbito de la universidad, cometería un gran error” (como se cita en Tünnermann, 2008, p. 40). 


Es por esto, que se hace menester recalcar que Perú se encontraba llegando al final del período de gobierno oligárquico marcado por el exclusivo predominio del Partido Civilista: 

 

“Ninguna de estas novedades resultaba útil frente a la incapacidad docente, ante la costumbre de hacer de la universidad el asilo de una casta, ante la inmoralidad e injusticia de los concursos para proveer las cátedras, que eran adjudicadas no al más competente, sino al más apadrinado de los postulantes” (Portantiero, 1978, pp. 232-233).

 

Para 1919, Augusto Bernardino Leguía era nuevamente electo en la máxima magistratura tras un periodo de inestabilidad política, acompañado de una cada vez mayor influencia de los sectores militares. Aquí se acaba finalmente el predominio de los civilistas. Sin embargo, el nuevo presidente que debía gobernar hasta 1924, se mantendría en el cargo hasta el año 1930, dando origen a una dictadura conocida como el “oncenio de Leguía”. 


En este marco, es que comenzarán a tener un papel cada vez más influyentes en la política nacional figuras como el ya mencionado, Haya de la Torre. Él se convertirá en uno de los grandes líderes reformistas de América. Exiliado en México durante la dictadura de Leguía en 1923, propiciará la creación de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA). Haya de la Torre la definía como:

 

“Un Frente Único internacional de trabajadores manuales e intelectuales (obreros, estudiantes, campesinos), con un programa de acción política que se reflejaba en la unidad política de la América Latina y la solidaridad con todos los pueblos y clases oprimidas del mundo” (1963, p. 61).
 

La Reforma peruana de 1919


Las noticias del movimiento y de las conquistas que los estudiantes argentinos habían realizado y alcanzado en el año 1918, se expandieron rápidamente por  el continente, llegando a oídos de los estudiantes limeños. A ello, se suma la importante influencia que tuvieron sobre los mismos las campañas oratorias, realizadas sobre aquel tema, del ex diputado argentino por el Partido Socialista, Alfredo Palacios, durante su estancia en Lima. Ambos factores fueron fundamentales para colmar el ambiente estudiantil de inquietud. 


Haciéndose eco de esto, algunos intelectuales, al iniciarse un nuevo ciclo lectivo en 1919, emprendieron una campaña contra los malos profesores de la universidad, sus arcaicos planes de estudios y el injusto sistema de evaluaciones, abogando por la reforma universitaria, que catalogaban de necesaria e inminente.


En consecuencia, se generó un nuevo espíritu en la masa estudiantil, que ahora tenía el convencimiento de que era necesario reformar la universidad, reforma que sólo podía alcanzarse mediante métodos un tanto violentos.


Era junio del año 1919 y de pronto la revuelta estalló. Un suceso banal, cuestión de régimen interno en la Facultad de Letras, fue la chispa inicial. Fue un conflicto entre los alumnos de un curso de historia y el profesor. Debido al mismo, debió intervenir el decano, agravando aún más el conflicto.


Comenzó así una huelga estudiantil, que fue sumando rápidamente adeptos en otras unidades académicas. Se formó de inmediato un comité de reforma que tomó la dirección del movimiento. La revuelta llegó a la Facultad de Medicina; tras numerosas y acaloradas asambleas, los estudiantes de dicha facultad resolvieron plegarse al movimiento y la huelga fue en este momento, general en toda la Universidad.

 

En un primer momento, fue imposible llegar a un acuerdo, ya que las reformas exigidas por el estudiantado (inspiradas en los cambios producidos en Córdoba) se contraponían con las tibias medidas propuestas por el rectorado. El cuerpo docente se encontraba dividido entre quienes apoyaban el reclamo estudiantil, quienes no veían con buenos ojos reformas “radicales”, y quienes manifestaban un abierto rechazo a modificar el estatus quo de la Universidad. 


No fueron pocos los casos en donde se registraron actos violentos por parte de los estudiantes y/o de las autoridades universitarias. Sin embargo, el comité pro-reforma mantuvo las medidas de fuerza que se prolongaron por un par de meses. Ante la negativa del rectorado, y el desaliento que comenzó a circular entra las propias filas de los estudiantes en huelga, es que los líderes del movimiento reformista optaron por pedir la intervención del gobierno nacional. 


El 4 de septiembre, alentados por los líderes reformistas, una gran masa de estudiantes encabezados por la Federación de Estudiantes Peruanos, se dirigió al Palacio de Gobierno con el fin de presentarle por escrito a Leguía sus reclamos. El mismo sería recibido por el Presidente quien vio en el movimiento estudiantil una posibilidad de acrecentar su popularidad. 
Como se ha señalado anteriormente, Leguía había llegado al gobierno mediante un falso movimiento renovador que tenía por objetivo desplazar definitivamente al Partido Civilista del gobierno. Es por ello, que él tenía interés en continuar apareciendo a los ojos de la juventud como un líder de la democracia y tenía, además, interés en arrojar de la universidad a sus enemigos políticos que estaban encaramados en las cátedras. 


Por esos días se encontraba sesionando la Asamblea Nacional que estaba encargada de reformar la Constitución. Dentro de la asamblea había crecido el núcleo de parlamentarios jóvenes de ideas renovadoras que simpatizaban sinceramente con los ideales de la juventud. Uno de ellos, el doctor José Antonio Encinas, fue más tarde delegado de los estudiantes ante el Consejo Universitario. 


Como los estudiantes estaban decididos a continuar la huelga hasta que sus peticiones fueran atendidas favorablemente, el único medio que encontró el gobierno de resolver el conflicto fue acceder a las exigencias estudiantiles, principalmente, el acceso a cátedras libres rentadas por el Estado, la representación de los estudiantes en el Consejo Universitario, y el concurso como mecanismo para asunción de cargos catedráticos. 


Fue así como llegaron las leyes sancionadas por la Asamblea Nacional. Primero fue la Ley N° 4002 (1919), que establecía en su tercer artículo que el nombramiento de los nuevos catedráticos sería hecho por el gobierno entre los docentes que hubiesen obtenido las cuatro quintas partes de los votos estudiantiles. La ley fracasó por el lock-out de los catedráticos de la Facultad de Medicina, que se sintieron heridos. Se dicta entonces, la Ley N° 4004 (1919), que manteniendo las conclusiones de la anterior modificaba solamente la cuestión del nombramiento de los nuevos catedráticos, que debía ser realizado por el Consejo de Facultades.


Inmediatamente después, los estudiantes eligieron sus representantes al Consejo Universitario y al Consejo de las Facultades. Fueron elegidos para el desempeño de ese cargo los doctores Paz Soldán y Encinas.


El 20 de noviembre, celebró sesión el Consejo Universitario aceptando las nuevas leyes e incorporando a los delegados de los alumnos. En sesión del 27 del mismo mes se nombraron los nuevos catedráticos, quedando así resuelto el asunto. Los estudiantes de medicina, considerando que durante casi todo el año habían estado ausentes de las clases prácticas y de las clínicas, y por lo tanto, no estaban capacitados para un examen provechosos, resolvieron dar ese año por perdido y no se presentaron a examen.


No bien hubo terminado el movimiento de reforma, la Federación de Estudiantes renovó su junta directiva, resultando Víctor Raúl Haya de la Torre presidente de la misma.
 

Con el fin de unificar el pensamiento de toda la juventud nacional en las cuestiones referentes no sólo a la reforma sino en todo lo relativo a los problemas sociales nacionales, que ya comenzaban a agitarse en el ambiente, fue que la nueva directiva de la Federación se ocupó de organizar un Congreso Nacional de Estudiantes.


Tras días de propaganda y labor constituyente, el Congreso se reunió en la legendaria ciudad de Cusco, en marzo de 1920. Concurrieron a él estudiantes de las cuatro universidades nacionales: la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima, la Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco, la Universidad Nacional de Trujillo y la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa. 


De las conclusiones del Congreso, ninguna tuvo trascendencia en el futuro y ninguna se hizo después tan efectiva como la referente a las universidades populares. Esta fue sostenida y defendida por Luis F. Bustamante y Víctor Raúl Haya de la Torre.


De las conclusiones del acuerdo sobre las Universidades Populares, Portantiero destaca que el Primer Congreso Nacional de Estudiantes acuerda:

 

“La creación inmediata de la universidad popular, bajo la dirección de la Federación de Estudiantes del Perú; se declara que todo estudiante peruano tiene el deber ineludible de prestarle su más decidido apoyo; todo centro federado organizará una activa campaña de propaganda entre los obreros y estudiantes, en favor de la universidad popular; la Universidad Popular tendrá intervención oficial en todos los conflictos obreros, inspirándose en los postulados de justicia social; la enseñanza de la Universidad Popular comprenderá dos ciclos: uno de cultura general de orientación nacionalista y enteramente educativa, y otro de especialización técnica, dirigida hacia las necesidades de cada región; la enseñanza estará exenta de todo espíritu dogmático y partidista; la enseñanza será sencilla, metódica y eminentemente objetiva; para mejor realización de sus fines, la universidad popular organizará: a) una biblioteca con préstamo de libros a domicilio, b) un museo de productos nacionales e industriales, c) un consultorio técnico atendido por alumnos de las distintas facultades, que resolverá las cuestiones que se le propongan; la Universidad Popular procurará el acceso de sus asociados a los gabinetes y laboratorios de los centros de instrucción superior y demás instituciones con carácter cultural” (1978, p. 237-238).
 

El caos universitario
 

Al comenzar el año 1921, el presidente Leguía, en su afán de exterminar a sus enemigos políticos desplazados por él del gobierno, da rienda suelta a sus atropellos políticos dentro de la Universidad. 

 

Como ya hemos mencionado, muchos de los civilistas no leguiístas, desplazados por todas partes, tenían por último refugio las universidades. Los catedráticos de más relieve pertenecían a los grupos enemigos de Leguía. No fueron pocos los intelectuales y profesores que salieron a oponerse a estas medidas, por más que no simpatizasen con el Partido Civilista. Dicho conflicto se vio reflejado en la interna de la Federación en donde se contempló un quiebre entre quienes estaban a favor y quienes estaban en contra de las medidas del dictador.  

 

Varios sectores universitarios propusieron realizar una Asamblea para programar en ella sus quejas sobre la situación general. Nuevamente volvieron a saltar las divisiones internas de la Federación sobre si era oportuno o no ceder un salón de actos para dicho evento. Leguía al enterarse de lo sucedido movería sus contactos para que el mismo no suceda, clausurándose el evento a horas de llevarse a cabo. Toda la propaganda realizada por la Federación quedó entonces obsoleta.

 

Al día siguiente los profesores de la universidad, reunidos en asamblea, resolvieron declararse en receso. La FEP se solidarizó con los profesores y la Universidad se clausuró voluntariamente. Tan sólo una facultad, la de Ciencias Naturales, abrió sus puertas.

 

Tras esto, la Federación se disolvió, quedando reducida al presidente y sus dos secretarios. El gobierno, deseoso de que el centenario de la independencia que debía celebrarse dicho año no sorprendiera a la más vieja universidad del continente con las puertas cerradas, intervino solapadamente por medio de un grupo de estudiantes que, engañando a la masa de sus compañeros, la indujeron a ocupar violentamente el local de la Federación.

 

Se constituyó así el Comité de Reforma Universitaria que, al poco tiempo, perdería todo el apoyo de los estudiantes ya que los mismos se dieron cuenta que los dirigentes simplemente eran agentes del gobierno. De esta manera, la mayoría abandonó el mismo, quedando sólo los adeptos a Leguía, ya sin ningún tipo de peso político.
El Centenario sorprendió a la Universidad de San Marcos, a pesar de todos los esfuerzos del gobierno, con las puertas cerradas. El Comité de Reforma Universitaria, reducido a 14 individuos, fue disolviéndose conforme el gobierno iba dándoles puestos rentados a cada uno de sus miembros.


En los primeros meses del año 1922, se reabrió la universidad y los profesores, en gran número, creyeron llegado el momento de iniciar una reacción disimulada contra las conquistas de la reforma. Los estudiantes respondieron activamente a tales intentos, haciendo llegar hasta el rector y profesores las manifestaciones de su protesta que contuvo la reacción, haciéndose efectivas nuevamente las conquistas del 19´.


Logros de la Reforma en Perú


Además de los derechos ya mencionados, una de las conquistas fundamentales de la reforma del 19´ se proclamaba como el “derecho a tacha”. El mismo consistía en la posibilidad que los alumnos de un curso pudieran repudiar al docente a cargo del mismo exigiendo su renuncia. Dicha medida será mejor reglamentada en el año 1921, en donde se implementará un Consejo Arbitral designado por el Consejo Universitario y/o los consejos facultativos. El derecho a tacha ha sido fuente de diversas polémicas hasta la actualidad, pero se ha mantenido a lo largo de los años como una de las conquistas más valiosas de la reforma del 19´.


El régimen político de la tiranía no permitía el progreso de las universidades ni la marcha ascendente de la reforma, viviendo la Universidad bajo una constante amenaza de clausura. Esta situación provocó el distanciamiento casi natural de los sectores universitarios con el gobierno.

 

“El dictador Leguía, en todos sus mensajes, habla de la clausura o reforma de la universidad, a la que finge mirar con desprecio, aunque en realidad le teme, pues de las filas estudiantiles han salido y seguirán saliendo quienes con gran fervor combaten sus métodos tiránicos, su sometimiento al capital yanqui y su complicidad con los señores feudales propietarios de la tierra, que al indio esclavizan” (Portantiero, 1978, p. 243).
 

Este estado de espíritu se debió en gran parte a las campañas que hiciera Haya de la Torre el año anterior exponiendo en entusiastas asambleas, de facultad en facultad, su propaganda de acción en la presidencia de la FEP; y a dos profesores: Humberto Borja García y Pablo Zulen; ambos hicieron de sus cátedras tribuna para todas las corrientes e inquietudes del pensamiento contemporáneo. Además, Zulen, como director de la Biblioteca de la Universidad, renovó totalmente su repertorio ii.
Universidades populares y su fundación


Los antecedentes a la idea de universidad popular, los encontramos en México gracias al aporte del Ateneo de la Juventud durante el año 1912iii . A su vez, en Argentina, en momentos previos a la Reforma de Córdoba, ya funcionaban instituciones similares, que llevaban un paso más allá el concepto de extensión universitaria. 


Esta novedad recayó sobre los estudiantes pertenecientes a la Universidad Nacional de Trujillo, cuando en 1916, el Centro Universitario pasó a manos de jóvenes que no se identificaban con las autoridades políticas del momento, como venía ocurriendo hasta entonces. “En dicho año, la junta directiva pasó a otra manos, a la de los jóvenes que venían realizando actividad intelectual fuera de las aulas” (Robles Ortiz, 2015, p. 568). 


Gracias a esta primera tentativa en Latinoamérica, la Federación de Estudiantes del Perú, a fines del año 20´, para cumplir el más importante de los acuerdos del Congreso Nacional de Estudiantes, encargó a Víctor Raúl Haya de la Torre la organización de la Universidad Popular González Prada (UPGP). La inauguración se dio en el Palacio de la Exposición de Lima, el 22 de enero de 1921, apenas un año después del acuerdo de Cusco.


Con el correr de los meses, en el Perú se inauguran otras 13 universidades populares, tales como la de Arequipa, Barranco, Callao, Chiclayo, Cusco, Huacho, Huaraz, Ica, Jauja, Puerto Maldonado, Puno y Salaverry.
 

La primera etapa de la Universidad fue un éxito rotundo; “asunto novedoso y un tanto novelesco en sus comienzos atrajo a muchos estudiantes y algunos intelectuales de nota” (Haya de la Torre, 1963, p. 62). Las mismas consistían en aplicar la extensión universitaria en su más amplio nivel, llevando consigo las clases a los barrios obreros, comunidades campesinas, etcétera. 


En todo el Perú, varios fueron los beneficiarios de esta obra emprendida. 


No obstante, conviene subrayar que “las Universidades Populares no tenían carácter oficial, no formaban profesionales ni otorgaban grados y títulos. Eran instituciones de formación cultural general, cívica y técnica. Eran libres y gratuitas, autogestionarias y gobernadas democráticamente y de modo conjunto por profesores y alumnos” (Robles Ortiz, 2015, p. 575).
En cuanto al punto de vista educativo, la enseñanza podía inscribirse en una orientación nacionalista u otra más bien condicionada a una especialización técnica que variaba según las necesidades de cada región.


Haya de la Torre procuró dar un carácter revolucionario a estas universidades populares. Su foco de trabajo más importante fue el barrio textil de Vitarte, en las afueras de Lima. En la misma se dictaban clases sobre múltiples temas tales como arte, historia, economía, ciencia, cuestiones obreras y revolucionarias. 


En un primer momento, tuvo gran aceptación y concurrencia. Sin embargo, en poco tiempo fue visto con malos ojos por parte de los funcionarios del gobierno quienes comenzaron a ver en la misma un peligroso foco revolucionario que fue relacionado rápidamente con el comunismo. Tras el exilio del líder de la Federación, el proyecto de las Universidades Populares perdió fuerza, para desaparecer a mediados de la década del 20´. 


Conclusión
 

Como hemos analizado, el proceso reformista es un movimiento que afectó a todos los países americanos que atravesaban situaciones sociales, políticas y económicas similares: un gobierno oligárquico que estaba llegando al final de su mandato, un ascenso de la clase media que exigía un nivel de participación mayor en los círculos de poder, una clase obrera y campesina totalmente relegada y, por último, claustros universitarios encerrados sobre sí mismos, pocos propensos al cambio. A esta situación estructural, debemos sumarle que en el Perú la elección de Augusto Leguía como presidente de la República, significaba el retroceso de los sectores más conservadores del gobierno. Es en este contexto, cuando llegará a los estudiantes de Lima las noticias de lo sucedido en Córdoba. De esta forma, se sentó un cóctel ideal para que se produzca un movimiento radical que buscase el cambio en el mundo universitario. 


Como se ha evidenciado en el presente trabajo, sólo sería necesaria una chispa que encendiera el devenir de los acontecimientos. Es así como en junio de 1919, encontramos los estudiantes universitarios del Perú por primera vez unidos por una causa común. Este ímpetu reformista los impulsaría a reunirse en diferentes organismos (como la FEP) y a exigir cambios fundamentales que consideraban justos (modificación de los planes de estudio y los métodos evaluativos; participación de los estudiantes en el cogobierno de las universidades; ascenso a las cátedras por concursos; extensión universitaria; entre otros). Sus reclamos y movilizaciones llegaron incluso a las esferas más altas del gobierno peruano. El número de reformistas creció rápidamente y se amplió por todas las universidades. Por primera vez, la atención del país entero estaba puesta en los estudiantes universitarios. 
Los acontecimientos que se produjeron después de junio de 1919, rompieron las barreras de lo meramente universitario, para convertirse en un movimiento de reforma social. Los principales protagonistas, como por ejemplo, Víctor Raúl Haya de la Torre, terminaron enfrentando penas como el exilio o la cárcel, por la defensa de sus ideales. Sin embargo, superados los años de máximo fervor reformistas, la llama revolucionaria que muchos de sus líderes quisieron implementar fue apagándose a medida que se lograban las conquistas planteadas. 


A pesar de ello, podemos afirmar que los procesos de reforma universitaria del siglo XX en Latinoamérica, serían comparables al proceso revolucionario iniciado en 1810, ya que las diversas movilizaciones estudiantiles se desarrollaron desde Córdoba a México y desde Lima a La Habana. Cada reforma universitaria se nutrió de logros, aciertos y errores de las que sucedieron -y sucedían- en sus países vecinos, y en muchos casos, quienes fueron partícipes de las mismas se brindaron a expandir los ideales en otras naciones. 


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NOTAS


1 Médico, periodista e historiador peruano, de notable trayectoria en el siglo XX. Gran precursor de la medicina social en Perú.


2 Creó una sección llamada “Ideas contemporáneas”, que fue la más consultada. Lenin, Trotsky, Marx, Engels, Spegler, Freud, Einstein y muchos más de los más notables pensadores y escritores representativos del pensamiento contemporáneo, eran frecuentemente leídos, y lo eran a tal punto que, al publicarse la estadística de libros consultados en la biblioteca, la llamaron, poniendo el grito en el cielo, “sucursal de Moscú” (Portantiero, 1978, p. 244).


3 La Universidad Popular Mexicana fue fundada como un centro cultural destinado a los trabajadores.